Plaza de Camachos
Por Fulgencio Saura Mira 05/10/2015
La plaza de Camacho recoge el nombre de tan ilustre tribuno y queda encuadrada en un espacio recoleto, entrañable para quienes vivimos gratas secuencias infantiles, utilizado el autobús que nos llevaba a la Alberca, una vez que se travesaba el puente viejo, que nos evoca el paso de las galeras, viejos taxis, que nos llevaban de la estación del Carmen a nuestra casa, sita en la calle Alfaro.

La plaza iniciaba el tránsito hacia el otro barrio, de San Benito, aunque mantenía su personalidad, incluso pictórica, por la serie de casas en su entorno cuadrangular, con terrazas y balcones decorados con macetas y persianas verdes, bajo cuya sombra dominaba esquinas inéditas del espacio urbano. El arco, que aún se mantiene, era cita de amigos que, junto a la célebre taberna, conversábamos sobre lo humano y lo divino. Sobre todo, se evocaba la presencia, en el mismo sitio, de la Plaza de Toros que el Consistorio construye en el siglo XVIII. Es la más antigua, que tantas alegrías y congojas otorgara a los murcianos que a ella acudían para admirar y aplaudir a los toreros de fama que, como Celestino, mataba al toro con fantasía, como rezan las crónicas. Aunque también tragedias, que andaban después de boca en boca del huertano aficionado a esta fiesta nacional tan denostada hoy, desde luego no por el murciano que acude, en sus días festivos, al recinto de la plaza que Justo Millán, arquitecto, construye en el siglo XIX.

Anécdotas aparte, este cronista, solitario y meditativo que camina al albur por la ciudad, asiste a un espacio con edificios remozados y un pequeño jardín que impide una vista del arco famoso, que da paso a otra zona edilicia que, aunque cambiada, conserva su vieja estructura. En el centro de la plaza estuvo hace tiempo la estatua del singular José María Muñoz, ubicada ahora al final del Malecón, quien fuera figura conocida y generosa autora de este muro de contención de las riadas, ahora sustituido por una escultura en homenaje al hachonero, personaje esencial del festejo del Entierro de la Sardina. Esto nos parece bien, aunque menos su ubicación, ya que en estas cosas hay que contar con la ciudadanía.

La plaza es evocadora, incide en una serie de vivencias pasadas y quedan en lo profundo de mi corazón: paseos recónditos, nunca apresurados, olores de las viejas piedras de los molinos, con vistas al río cansino y recogido en estos artefactos milenarios. La calle de los molinos, paso obligado de mis tardes, roza luces de la piedra amarillenta que huele al río: rúbrica de aconteceres junto a los dos ojos del Puente Viejo, por donde se recoge la crónica menuda de aquellos vendedores de lotería, romances viejos sobre el azud de peces saltarines.

A la espalda de la plaza se sitúan posadas olvidadas, callejas que se fueron con tintes de gremios perdidos y olor a carne desgajada en el matadero municipal. Sobre todo, se ha distorsionado aquella fluencia musical de una forma de ser del barrio, el otro barrio que se inicia en esta plaza.



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