Plaza de Romea
Por Fulgencio Saura Mira 29/06/2015
Al final de la calle Alfaro, de tanta enjundia, damos con la Plaza de Romea: una cita donde la poesía y el arte se funden en un acopio de sensaciones. La ciudad, lo hemos dicho, es un signo aprendido a lo largo de los años, una percepción estética amén de una estructura sociológica. Existe para nosotros, la vivimos y tenemos derecho a sus calles y sus plazas recoletas, a veces echadas a perder por la desidia e incompetencia del encargado del urbanismo en el Consistorio.

La de Romea conserva su cadencia pese a su reforma, con sus edificios que no desdicen y sí otras construcciones sin orden que descomponen lo fundamental de su ámbito, junto a otros deslices en el suelo y un extraño monumento que afea. Quedan las casuarinas y plátanos que ajustan su viejo perfil al teatro que le sirve de protagonismo, que se conserva renovado y bien, a pesar de haber sufrido dos incendios que la mayoría desconoce. Un teatro para el orgullo murciano, erigido bajo la hechura y marca del inolvidable arquitecto Justo Millán, oriundo de Albacete, autor de nuestra Plaza de Toros, de la fachada de la Iglesia de San Bartolomé, como la de Abastos de Alcantarilla.

Sus características en las arcadas y remates son típicas. La vigencia del teatro que da nombre a su actor más fecundo Julián Romea (1813-1868), nos indica la fantástica repercusión que este conjunto cultural ha tenido en nuestra ciudad, desde actuaciones que consagran al actor, entre ellas la puesta en escena de la obra de Zorrilla 'Traidor, Inconfeso y Mártir', 'El Gran Galeoto', de Echegaray, y cientos de comedias que le hizo grande no solo en la ciudad natal, por su forma realista de trazar sus actuaciones, una vez superada su situación económica y sus roces con su mujer, Matilde Díaz. Es un teatro que cede su escenario a pinturas soberbias, evocadoras del Corral de la Pacheca, a otros actores como Díaz de Mendoza y María Guerrero o como Ceferino Guerra, creador de tipos tan costumbristas como 'el Trapero de Madrid', que en este tenor la capital de España ha sido fuente de aprendizaje e inspiración.

En el interior del Teatro Romea se han escuchado los más ínclitos monólogos, diálogos y oratoria de los mejores tribunos que han dejado su eco en el amor a la patria y a la religión católica, como quedan en sus paredes registradas las frases más hermosas del poeta y actor Julián Romea, cuando en sus últimos años dedica su amor a la que fue amor de su vida, y llama Elvira en sus poemas.

La plaza acoge en su ámbito la fachada de la iglesia de Santo Domingo, soberbia piedra renacentista que precisa de una buena reparación, farallón de encanto que abre sus puertas a un museo magnífico de obras de arte, pinturas, entre las que se encuentra la excelsa Batalla de Lepanto y la ermita del Rosario. Queda el arco en delectación evocada, tan recogido en mis apuntes, como paso de una a otra plaza, desde el encanto y misterio del músico callejero que nos funde en una balada triste, como mi corazón al seguir sintiendo aquellos momentos de juventud, cuando por este lar caminaba con mi amigo Valbuena hacia la casa de sus padres en la calle Alejandro Ponzoa, y conversaba con el catedrático Valbuena Prat, gloria de la literatura española, amante de Murcia y de la Virgen de la Fuensanta.



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