Lejos y cerca
Por Paco Rabadán Aroca 17/11/2013
Lo que acerca un determinado país al tercer mundo y lo aleja del primero, no es que vistamos con ropa más cara, tengamos televisores de plasma o haya un supermercado en cada esquina. Lo que de verdad marca la diferencia, lo que nos acerca inevitablemente a esas imágenes donde los niños salen rodeados de moscas (mosca española, casualmente) es la ausencia de justicia.

Que no haya justicia, que la Justicia sea lenta o que la Justicia dependa de un señor o señora vestidos de negro cuyo único mérito ha sido aprobar unas oposiciones (jodidas, sí que es verdad, pero unos exámenes al fin y al cabo), es lo que marca la diferencia.

La justicia es la aplicación de las leyes y, en nuestro caso, la interpretación que haga de las mismas el que en su día aprobó las oposiciones. Los jueces son de este planeta, por si alguien tenía dudas. Están sometidos a las mismas influencias y pueden presentar idénticos vicios, perversiones, afinidades políticas (que no se les permita pertenecer a un partido político, no quiere decir que no tengan ideología), manías, enfermedades mentales, aficiones, días malos, etcétera.

Aun así, nuestro sistema legal les concede un poder absoluto para solventar situaciones complicadas. A su vez, son los encargados de privarnos de un bien imprescindible del ser humano: la libertad. Unas veces lo hacen por medio de una sentencia, y otras para presionar a un fulano durante la instrucción de un caso y que cante por soleares.

Como decía, se supone que la justicia está sometida a las leyes. Las leyes no provienen de un ente divino, de un ser supremo que posee todas las certezas de este mundo. Las leyes las hacen los políticos, más concretamente el partido político que tenga mayoría en el Congreso y el Senado. La oposición se opone, como manda el diccionario.

Pero, a pesar de la composición de carne y hueso de los jueces, la culpa de que los terroristas, violadores reincidentes, pederastas y toda esa ralea imposible de reinsertar que atormenta a nuestra sociedad salga a la calle antes de lo que nos gustaría, no es de ellos. Los verdaderos culpables son los que confeccionan las
leyes; unas veces por hacerlas mal, y otras por entrar en conflicto con otras, que es lo mismo que hacerlas mal.

Las leyes, insisto, se pueden cambiar cada vez que lo creamos necesario. Una prueba de ello la tuvimos hace unos meses cuando, en apenas una semana, se legisló contra los escraches. Ya saben: la imposibilidad de ir a la puerta del edificio de un político y cagarte en la madre que lo parió. ¿Derecho de manifestación?, tonterías. ¿Libertad de expresión?, sólo valedera para políticos. Esa ley, con más acierto o sin él, entraba en claro conflicto con derechos fundamentales de una sociedad democrática, pero salió adelante en una semana porque se trataba de sus casas, de las puertas de sus edificios y de sus madres que los parieron.

La justicia es fundamental para que un país funcione, para que realmente se pueda considerar desarrollado. Y donde no hay justicia, impera la injusticia de los corruptos, de los narcotraficantes que pagan a los corruptos, de los ladrones que roban para pagar a los narcotraficantes y, al final de esta cadena de despropósitos, el pobre desgraciado al que han robado.