Una de cal y otra de arena
Por Paco Rabadán Aroca 30/10/2013
Hay tres cosas en la vida que son imposibles de disimular durante mucho tiempo: la pobreza, la riqueza y la estupidez. El Papa Francisco se ha cargado de un plumazo a un obispo alemán por construirse una casa de cuarenta millones de euros. A un servidor, una vivienda de un millón de euros ya le parece una extravagancia. Imaginemos pues cuarenta casas extravagantes concentradas en una parcela.

El resultado del ejercicio, dependiendo de la imaginación de cada cual, puede dar como resultado griferías de oro, interruptores de la luz cubiertos de diamantes, tazas de retrete con calefacción y música ambiental, tapices de Jacquard utilizados de felpudo, etcétera.

El obispo Franz-Peter tiene cincuenta y tres años. Su diócesis no es de las más ricas de Alemania; he tenido que recurrir al Google Maps para situar Limburg en el mundo. Pero estoy convencido de que Franz se siente merecedor de una casa así, porque si no jamás la habría mandado construir. Seguro que han sido muchos años de duro trabajo obispal, tendiendo la mano para que le besen el anillo cada dos por tres, trabajando todos los domingos y sin vacaciones de Semana Santa y, por si fuese poco, sin convenio. Más que suficiente para darse un capricho.

Concediendo el beneficio de la duda, puesto que el principio de inocencia siembre debe ser aplicado, puede que el chalet fuera pensado para dar cobijo a los pobres, a los enfermos y a toda clase de almas descarriadas. Pero, entre ustedes y yo, no lo creo. La conducta de Franz-Peter se parece más a la de Berlusconi, que en sus fiestas sólo admitía almas descarriadas. Estoy seguro de que en esa línea debió sentarse el obispo frente al arquitecto para decirle:

—Necesito un bidé en cada rincón de la casa. Ya sabe usted que los pobres van siempre muy sucios…

Abluciones aparte, sí que estaremos de acuerdo en que la historia parece sacada de otra época, como la de los Borgia, por ejemplo. Independientemente de que se viva la Iglesia desde dentro, como creyente, o desde afuera, como mero
espectador, creo que nadie se esperaba algo así en estos tiempos. El alto clero siempre ha vivido muy bien dentro de su estructura jerárquica, pero también se ha visto sometido a ciertos límites para que su conducta no chirríe con la doctrina de la que son sus máximos exponentes. Los más molestos con este asunto han sido ellos mismos.

Pero de la misma forma que la casa de Franz-Peter ha sido una sorpresa, también nos ha dejado boquiabiertos ver en los telediarios a los curas murcianos yendo por los bancos pidiendo que no se desahucie a ningún pobre. Ha sido una de esas noticias que ha debido de agradar, incluso, a los más firmes opositores de esta institución.

Lo han hecho en nombre de Dios porque, a pesar de que yo no entiendo demasiado del tema, estoy seguro de que Dios no permitiría que echaran a una familia de su casa para que un banco obtuviese más beneficios a final de año. A ver si cunde el ejemplo y toda la Iglesia, al igual que el resto de instituciones honradas de este país, empuja en la misma dirección para impedir que nadie más se quede sin hogar por una cuestión de dinero.