Buscar la proporción
Por Paco Rabadán Aroca 07/10/2013
Más de una vez he escrito sobre el desequilibrio que, durante los últimos años, percibo respecto al culto al físico versus cuidado de la mente. Los gimnasios están repletos de cuerpos magníficos, aparentemente perfectos según el estándar actual de belleza que, como todos ustedes saben, cambia según la época. En el siglo XVI, por ejemplo, una mujer guapa era aquella a la que ahora consideraríamos obesa y, como tal, debería someterse a tratamiento médico.

La delgadez que prima en la actualidad era síntoma de enfermedad y pobreza. Morenos o rubios, con piel tostada o blanquecina, pechos grandes o pequeños… Todo se transforma en función de las modas, y lo que ayer era bonito ahora es feo y, en algunos casos, susceptible de considerarlo enfermedad. Porque las enfermedades también tienen sus modas, guiadas con mano firme por los laboratorios que fabrican los medicamentos.

Seguro que recordarán la gripe aviar, aquella que hizo que países como el nuestro comprara millones de vacunas que ahora duermen el sueño eterno en sótanos de hospitales y ambulatorios porque deshacerse de ellas también cuesta un dinero que no tenemos. Había que vacunarse, a pesar de que la gripe común se lleva por delante en un solo año a más personas que la otra durante toda su trayectoria.

Lo que no cambia, lo que se mantiene inalterable siglo tras siglo y ajeno al devaneo caprichoso de las modas, es el cuidado de la mente. Y también tiene un carácter atrayente. La inteligencia es de las cualidades más sensuales que podemos encontrar en una persona. Estar frente a un interlocutor culto puede resultar muy erótico. Porque el principal indicativo de la inteligencia es el sentido del humor, estímulo sin igual a la hora de sentirnos atraídos por otro o por otra.

De las características comunes de los seres humanos la diversión se encuentra por encima de la mayoría. Sobra decir que salir con un cuerpo bonito pero carente de inteligencia y, por ende, de sentido del humor, está bien para un rato, probablemente para dos ratos si le sumamos la media hora del revolcón. El resto del tiempo queremos encontrarnos a gusto, hablar de cosas interesantes, aprender algo nuevo y reírnos todo lo que podamos. El día es muy largo para pasárselo en la cama, y aunque copuláramos encima de todos los electrodomésticos de la cocina aún nos sobrarían veinte horas.


Para esto no existen gimnasios, ni asesores de imagen ni zumba que valga. La mente se ejercita de manera individual y, afortunadamente, con métodos muy sencillos. Basta con ver una película, escuchar la radio, practicar juegos de mesa con los amigos, leer una novela (a ser posible de las mías) y charlar, sobre todo charlar. La comunicación enriquece más que mil abdominales. No hace falta hablar sobre la Teoría de Cuerdas; basta con encontrar un tema que sea del agrado de los contertulios.

No se confundan, que no estoy haciendo apología en contra del deporte. En primer lugar, porque yo soy el primero que practica. De hecho, es fundamental para una mejor actividad cerebral, circunstancia que tenemos muy en cuenta los que vivimos de nuestra cabeza. Sólo defiendo la tesis de la histórica frase de las Sátiras de Juvenal: men sana in corpore sano. Se trata, en definitiva, de buscar la proporción, algo que últimamente parece que nos cuesta.