Jodida bujía
Por Paco Rabadán Aroca 17/02/2014
José Salvador Alvarenga ha estado 13 meses perdido en el Pacífico en una barca de siete metros de eslora. Un año y un mes de condena en alta mar por la rotura del motor. Es curioso como algo tan sencillo como un motorcillo fuera-borda se puede volver contra su dueño y hacerlo pasar por un calvario semejante.

Seguro que cuando Alvarenga compró el artilugio ni se le pasó por la cabeza que el conjunto de tornillos y arandelas fuera capaz de torturarlo de esa manera, de someterlo a los caprichos de un océano imprevisible. Dependemos tanto de la maquinaria que construimos que a veces pasan estas cosas. Confiamos demasiado en nuestros inventos, cuando la experiencia nos ha demostrado que hasta cohetes americanos de varios miles de millones lanzados al espacio explotan reduciendo a sus tripulantes a un montón de chispas en el cielo.

Siete metros de eslora; vaya tela. Pero lo peor es que el espacio fue compartido, en principio, por otro tripulante, un tal Ezequiel Córdova. Digo en principio porque no ha sobrevivido. El padre de Ezequiel ha denunciado a Alvarenga para, según él, esclarecer lo que pasó realmente con su hijo. Manda huevos. Trece meses perdido en el océano, comiendo tortuga cruda y bebiéndote tus propios orines para encontrarte a la vuelta con una querella.

No sé qué pasó con Ezequiel, pero me lo imagino. Alvarenga dice que se murió porque no quiso comer pescado crudo. Evidentemente, en un barcucho de siete metros no se puede guardar un cadáver y acabó tirándolo al mar. Si le faltaba algún trozo se muslo o de pechuga, nunca lo sabremos.

La historia, como todas las de naufragios, dispara la imaginación. Trece meses son muchos días, con sus mañanas, sus tardes y sus noches. La barca recorrió a la deriva unos diez mil kilómetros. Da para mucho, desde luego. Pero lo que es indiscutible, real como la vida misma, es que podemos sobrevivir con muy poco. Alvarenga estuvo un año y pico sin teléfono móvil, sin televisión ni ordenador. Vivió todo ese tiempo sin Twitter ni Facebook, sin comprar en las rebajas y sin comer solomillo (excepto el de Ezequiel, si al final se acaba demostrando).

La involuntaria aventura de Alvarenga es de esas historias que te hacen ver lo superficial que es todo lo que nos rodea. Cuando leí la noticia en el periódico, los demás artículos me resultaron insustanciales, absurdos. Y es que el ser humano es mucho más que los artificios que él mismo crea, manipula o perfecciona. El ser humano es más que una estadística, una cuenta corriente o una consulta independentista. Nada es importante cuando la vida está en juego. Todo carece de significado cuando la jodida bujía de un motor fuera-borda se rompe en alta mar.



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