Invertir en velas
Por Paco Rabadán Aroca 30/09/2013
Sube, otra vez, el recibo de la luz. El ministro de Industria y Energía, ese señor que ha sido clonado a partir de una célula de Aznar, dijo que había que hacerlo si no queremos que el "sistema quiebre". Lo pongo entre comillas porque es literal; pronunció exactamente esas dos palabras en sus declaraciones.

Le he dado vueltas al tema desde entonces en busca de su significado. Imagino que se refería a que nos quedaríamos si luz eléctrica. Daríamos un salto hacia atrás hasta regresar a la edad media, imagino. Si no asumimos la subida con resignación, se acabó ver la tele, los teléfonos móviles, trabajar con ordenadores o tener la cerveza fresquita en el frigorífico. Todo un desastre de consecuencias apocalípticas. Imagínense toda Europa encendida y nosotros a oscuras. Pareceríamos un solar del extrarradio donde los yonkis van a pincharse.

Yo no quiero ser malpensado, pero con este tipo de declaraciones uno tiene la impresión de que nos creen más ingenuos que la esposa de Urdangarin. No hace falta tener un máster en electro economía -si es que tal disparate existe, que no me extraña- para saber que en el mundo hay alrededor de doscientas empresas energéticas que estarían encantadas de hacerse cargo del negocio si Iberdrola, por ejemplo, se va la mierda.

Por lo tanto, el problema apocalíptico se quedaría en la perdida de un sector de esos que los listillos de tertulia llaman "estratégicos". Nada, una manchita en nuestro honor patrio pero muy lejos de comernos los unos a los otros. De todas formas, un buen porcentaje de la electricidad que consumimos actualmente se la compramos a Francia. Se les pide a los gabachos un poquito más, y ellos encantados de vender.

El sistema va a quebrar si usted y yo no apechugamos con la subida. Claro que sí. Las empresas energéticas de nuestro país tienen ejecutivos que ganan cientos de miles de euros al mes. No digo al trimestre, ni al año: digo cada treinta días. Una pena que el sistema quiebre y tengan que ganar, por ejemplo, cincuenta mil euros. Qué harían los pobres con esa miseria. En proporción, se encontrarían al límite de la indigencia. Una indigencia para ricos, pero indigencia al fin y al cabo. Una canallada que ni usted ni yo debemos permitir, faltaría más.

Prescindiremos de tomarnos la caña de los viernes para que eso no ocurra y que el ministro tenga un buen trabajo cuando termine su andadura política. También se merece el hombre una recompensa a tan buena gestión y a la cantidad de calentamientos de cabeza que le ha dado la supresión de ayudas a las energías renovables, con todos esos ecologistas dando la lata. Se merece un descanso digno en un despacho con más metros que su piso y el mío, coche con chófer sudamericano y secretaria complaciente, a ser posible de algún país del Este.

Todo el que tiene un negocio sabe que a veces se gana y otras se pierde. Lo que ocurre es que los ejecutivos de las empresas energéticas no asistieron a la clase de la universidad donde lo explicaban. Probablemente estaban jugando al polo. Lo primero es lo primero.

Yo, por mi parte, si pudiera tranquilizaría al ministro. Le explicaría que la economía se parece en gran medida a la naturaleza. Si el sistema energético quiebra, se originará un aumento sin precedentes en la venta de velas. Pero seguro que esto ya lo sabe él y, de producirse, ya habrá comprado acciones.