El amor y el ruido
Por Paco Rabadán Aroca 12/02/2014
Nunca me gustaron las discotecas, ni siquiera cuando estaba en edad de disfrutarlas. Después, la corriente de los tiempos reconvirtió esos sitios en cafeterías con, más o menos, las mismas características excepto porque no se cobraba entrada.

El motivo era la música excesivamente alta. Entendía, y aún entiendo, que sea un aliciente para los que les gusta bailar, ejercicio que no ha sido nunca una de mis virtudes, ni tampoco de mis aficiones. En aquellos tiempos, digamos que con dieciocho años, los amigos íbamos a estos sitios a ligar. Enseguida comprendí que no tenía nada que hacer, puesto que no bailaba.

Tampoco era fácil realizar conquistas endulzando el oído de la chica (esto sí que se me daba bien), dado que de tanto gritar enseguida me cansaba, les proponía ir a un sitio más tranquilo y ellas me rechazaban por suponer que "ese sitio tranquilo" implicaba ciertos ejercicios con la lengua que nada o muy poco tenían que ver con la comunicación oral. Eran otros tiempos, repletos de prejuicios y advertencias por parte de las madres de que ir a un "sitio tranquilo" con un tipo como yo podría tener consecuencias que duraban nueve meses y abundante vergüenza pública.

Algunas cosas han cambiado desde entonces pero, en general, estos sitios continúan siendo oscuros, ruidosos y muy poco dados al intercambio de impresiones. La gente sigue yendo con el fin de conocer más gente, quizá al amor de su vida o al amor de esa noche, que afortunadamente las advertencias de las madres de hoy no son tan funestas como las de mi época.

Lo que a mis años todavía no me explico es cómo puede surgir el amor bajo esas circunstancias, ya que al carecer de un conocimiento más profundo del individuo, debemos basarnos en la primera impresión que se centra en la apariencia externa. Por eso siempre he creído que el amor a primera vista es un eufemismo para enmascarar una atracción por las tetas, el culo o la tableta en los abdominales. Puede que te guste una persona nada más echarle el ojo, y puede que acabe siendo el amor de tu vida, pero las probabilidades no son muchas.

Dicen los expertos que la mayoría de las relaciones duraderas surgen en el trabajo, en el gimnasio, en el instituto o la universidad, etcétera. En definitiva: en lugares donde se puede hablar y ver sin artificios y durante algún tiempo el aspecto físico real de la otra persona, su manera de comportarse...

También, dicen esos mismos expertos, se producen las infidelidades. El amor, tal y como yo lo entiendo, es una emoción incontrolable. Se manifiesta por medio del deseo, que es la antítesis del sentido común. Deseo por poseer a la otra persona sin importar demasiado las consecuencias que implica a la otra persona. Ambición por disfrutar en exclusiva del otro. El amor, en esencia, es algo difícil de explicar porque no acabamos de entenderlo bien. Por eso elegimos la alegoría del ángel gordito con arco y flechas, porque lo mismo te da la vida, que te puede matar.



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