El Papa y los bancos
Por Paco Rabadán Aroca 05/02/2014
Soy católico porque nací en el seno de una familia católica. La religión siempre ha estado presente en mi vida, como en la de todos ustedes puesto que en nuestro país religión y cultura se unen en un binomio hasta la fecha imposible de dividir. No soy devoto o practicante, en el sentido general del término, aunque participo en la Semana Santa de mi ciudad, Alcantarilla, desde hace quince años. Para mí las procesiones de Semana Santa representan un ejercicio cultural, como sacar un museo a la calle para mostrar a los que vienen de fuera el hormigón que se fragua en nuestro cimientos, con sus luces y sus sombras, desde hace siglos.

Todo esto lo explico como una especie de coartada en busca de una objetividad que, probablemente, no tenga. Pero es que llevo tiempo queriendo hablar del Papa Francisco, y cuando el personaje público forma parte de una organización religiosa parece imposible elogiarlo sin que a uno no lo tachen de corporativismo. Eso con Gandhi o Mandela, por ejemplo, no ocurre, a pesar de que los dos tuviesen sus rincones con pelusilla, como todos los mortales.

El caso es que el Papa Paco hizo unas declaraciones el otro día que, si llego a tenerlo cerca, sus guardaespaldas habrían tenido que reducirme para impedir que lo abrazara. El máximo representante de la Iglesia Católica, el sucesor de San Pedro, dijo: "Cuando una familia no tiene ni para comer porque tiene que pagar el préstamo a los usureros. Esto no es cristiano. Es inhumano".

Esto iba por los bancos, por sus accionistas y hasta por el último de los que participan en la cadena de despropósitos que llevan a cabo con impunidad legal. Y aquí no vale lo de "soy un simple empleado que tiene que alimentar a su familia". Y un cojón de pato. Si eres la pieza de un motor, aunque sólo seas un tornillo de una maquinaria inhumana que devora familias, tú eres tan culpable como el que más.

Da igual director, que interventor que cajero, como da igual, en el caso de otros ladrones, el que entra amenazando con la pistola o el que espera afuera con el coche arrancado. ¿O acaso era inocente el que prendía fuego a la pira de los ajusticiados por el Santo Oficio?; cumplía una sentencia de algo que era completamente legal en aquella época.

Evidentemente, si le preguntas a uno de ellos, o a uno de esos y esas que están en las mesas como mercachifles vendiendo productos bancarios mientras tú haces una cola interminable para realizar una simple gestión, te dirán que eso que dijo el Papa no iba por ellos. Que se refería a otros, claro. Lo que ellos hacen es legal y aceptado por el Banco de España, que lo cosa no deja de tener su guasa: un banco dando el visto bueno a otro banco, como si Alí Babá fuese el encargado de fiscalizar las conductas de sus cuarenta secuaces.

Iba por los bancos, desde luego que sí. O mejor dicho, por las personas que forman tal institución y toman decisiones o velan para que se cumplan, que aunque no sea lo mismo no deja de ser semejante. Y es una advertencia moral más para un colectivo que hace mucho tiempo borró de su nomenclatura empresarial la palabra "moral", sustituyéndola por otras que no entendemos, como han hecho siempre.