La risa y la tos
Por Paco Rabadán Aroca 31/12/2013
Un reciente artículo médico revela que la risa puede ser un recurso muy válido para la mejora de algunos enfermos. Explica que hay varios estudios que demuestran que reduce los niveles de tensión y ansiedad, fortaleciendo el sistema inmunológico. Este fortalecimiento del sistema se produce al liberar una gran cantidad de endorfinas que protegen al organismo de infecciones que lo hacen más resistente a enfermedades crónico-degenerativas como las cardiovasculares, diabetes, hipertensión o cáncer.

La risa disminuye la hipertensión al aumentar el riego sanguíneo, cuenta con capacidad para aliviar el estreñimiento e incrementa la concentración de colágeno, una proteína contenida en la piel que se deteriora con el paso de la edad al perder elasticidad, tersura y firmeza.
   
La risa también permite liberar lipoproteínas en la sangre, moléculas hechas de proteínas y grasa, lo que favorece la reducción del colesterol; una enfermedad provocada por un estilo de vida malsano como el sedentarismo o la obesidad. Algunos científicos definen el sobrepeso como la peor enfermedad del siglo XXI, puesto que es el origen de otras muchas.

Además, es indiferente que la risa sea natural o forzada, ya que ambas tienen casi los mismos beneficios. En ambos casos ayuda a relajar los músculos tensos y a quemar calorías, ya que al reír se movilizan unos 400 músculos del cuerpo.

Esa es la parte buena del estudio pero, como todo en esta vida, el alegato médico también tiene su pelusilla debajo de la cama. Resulta que los adultos nos reímos entre 15 y 100 veces al día. Los niños, sin embargo, lo hacen una media de 300. Es como si al hacernos mayores fuésemos perdiendo la capacidad de reírnos porque, evidentemente, las cosas nos hacen menos gracia.  La lógica parece indicar lo contrario: al hacernos adultos el abanico de humor que entendemos es más amplio. Pero ni con esas. La sociedad mediocre que hemos creado y seguimos confeccionando a golpe de euros y ambiciones que en muy pocas ocasiones se satisfacen, sofoca cualquier flama de lógica.

Es la misma sociedad que nos ha acostumbrado a que los medicamentos solucionen nuestras dolencias, que aparta a un lado métodos sencillos y al alcance de todos, ya sean ricos y pobres, listos o tontos, de izquierdas o de derechas. Usos de toda la vida, fortalecidos por la experiencia (la madre de las ciencias, según el dicho popular), que funcionaban antes de que existieran las industrias farmacéuticas y de que estas cotizaran en bolsa. Si tenías tos, tu abuela te endiñaba una infusión con un puñado de hierbas que sabía a rayos, pero que la curaba.

Ahora no sólo no vale este método, sino que en la mayoría de los casos se ridiculiza su práctica. Lo actual, lo que lubrica el engranaje sanitario, es que vayamos al médico y después, por supuesto, a la farmacia. Consumir, gastar dinero si quieres curarte la tos.