El precio de los favores
Por Paco Rabadán Aroca 15/12/2013
El 28 por ciento de los informáticos mantiene en secreto su profesión. Evidentemente, para lograr que nadie se entere a qué se dedican, se ven empujados a mentir. No les debe resultar fácil ocultarlo, puesto que para ser informático hay que estudiar varios años y, quieran o no, durante ese inevitable paso previo se sabe de antemano cuál será el trabajo que intentarán llevar a cabo.

Se preguntarán ustedes por qué tantos informáticos deciden mentir para ocultar una profesión que es muy digna, con un futuro prometedor y de la que cualquier suegra se sentiría orgullosa de que su hijo o hija acabara casado uno de ellos. No hablamos de ser narcotraficante, asesino a sueldo o banquero. Estamos hablando de un oficio digno, a priori honrado. Aunque también es verdad que en esta España nuestra no hay una sola profesión, cargo o función pública o privada que no tenga su mancha de tizne.

La culpa de este atentado a la lógica la tiene la cantidad desmesurada de favores que les piden. Sí, así es: deben ocultar su profesión para disponer de un descanso, un rato de paz fuera del horario laboral.

Tener un informático en la familia o en el inventario de amigos puede resultar un chollo. No hay nada más rápido, ante un problema con el ordenador, que descolgar el teléfono y tener a un especialista disponible las veinticuatro horas del día. ¿Y quién no sufre un percance con su ordenador? ¿A quién no se le queda colgada la tableta o tiene una duda sobre la conveniencia de instalar una determinada aplicación en el móvil?

Pues eso: que el veintiocho por ciento de los informáticos están hasta los megas de que no los dejen vivir en paz y cambian de profesión, aunque sea de cara a la galería.

Pero lo que yo creo que es aún peor, lo que de verdad debe de ser el archivo que colme su disco duro, es tener que hacerlo gratis. Porque, ante el ejemplo de que llames a tu amiguete informático para que te solucione la papeleta, creo que en la mayoría de los casos no te planteas pagarle

Y eso sí que es una injusticia. Porque si llamas a un amigo fontanero para que te ponga un grifo, acabas pagándole lo que te pida, porque lo vemos razonable independientemente del grado de afinidad que nos una. Sólo los muy descarados o los gorrones vocacionales serían capaces de presuponer que no cobre un céntimo.

No hay acción más egoísta que exigir generosidad a otro. Debemos tener claro que en nuestra sociedad de consumo hasta los favores tienen un precio, y da igual si el trabajo se realiza con las manos o con el cerebro, porque ambos deben pagar las facturas, los préstamos y el colegio de los hijos. La mayoría de nosotros concebimos la amistad de manera equivocada, creyéndola como una fórmula humana que nos sacará de algún apuro de forma ventajosa. Y es justamente al revés: a los amigos hay que darles el doble de lo que se les pide.