Nacionalismo y avispas
Por Paco Rabadán Aroca 16/09/2013
Imagínense que en mi comunidad de vecinos decidiéramos cambiar el modo de financiación. En lugar de regirnos por la ley de propiedad horizontal, que se basa en el principio del pago por posesión de metros cuadrados, acordamos que el que más gane contribuya por encima del que menos tenga.

Después de un montón de años utilizando este sistema, ahora decido que no me gustan las reglas del juego y no quiero continuar. Exijo segregarme, a pesar de que mi casa forma parte de un edificio con seis viviendas y dicha separación sería únicamente económica.

Las razones que alego son las siguientes: De mis cinco vecinos, tres están en paro, por lo que no contribuyen a la economía de la comunidad. Los otros dos tienen trabajo, pero ganan menos que yo y en consecuencia su aportación es menor que la mía. El caso es que esta situación me parece injusta, a pesar de que durante los últimos años las obras más importantes de la escalera se han hecho en mi rellano; ha sido una especie de agradecimiento del resto de vecinos por mi elevado esfuerzo, aunque yo estoy convencido de que tengo pleno derecho a todas y cada una de las mejoras porque, en cierta forma, las he pagado.

Este derroche de egoísmo, en resumidas cuentas, es el pilar donde se sustenta todo el razonamiento del independentismo catalán. Se cabrean cuando se les cuelga el sambenito de roñosos, avariciosos y tener una única motivación: la pela. Pero con cada acción reafirman el estereotipo. Nada le molesta más a un cojo, que le llamen cojo.

Intentan disfrazarlo con reflexiones sobre la identidad, la cultura, la Historia y que sus ciudadanos la tienen más larga. Si esto no cala lo suficiente, recurren a los abusos que cometió el franquismo, como si el enano gallego hubiese dejado un rincón de España sin sodomizar.

Luego subyacen algunas razones que podríamos definir como secundarias, o paralelas, lo que ustedes prefieran. La ineptitud de un gobierno regional que intenta resarcirse, como si la independencia les proporcionara la indulgencia de sus ciudadanos, de los pecados cometidos. De imponer un idioma que hablan, en el mejor de los casos, cuatro o cinco millones, y obstaculizar otro que se habla en todo el mundo.

Los países son cada vez más grandes. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, sustituimos la nacionalidad española por la de ciudadanos europeos. La economía está globalizada, para bien o para mal, y se vende de todo en todas partes. El made in nos importan bien poco mientras el producto que lo lleve tatuado sea barato. La unión hace la fuerza, pero ellos siguen nadando contracorriente, como el tipo que se mete el la autovía en dirección contraria y encima da las largas a los que vienen de frente, porque está convencido de que él es el que circula bien.

Pero, afortunadamente, no todos son así. Están los ciudadanos que les importa, y los que no. El nacionalismo en Cataluña es como en Murcia el tema del agua: lo utilizan los políticos según su conveniencia. Remueven el avispero y nosotros, las avispas, no damos topazos mientras ellos hacen lo que les da la gana.